Sobre la película Cielo (2025) y el extractivismo en el cine

Hace algunas semanas asistí a la inauguración del Festival Internacional de Cine de las Alturas que se realiza hace 11 años en Jujuy. La película elegida para abrir el festival fue Cielo (2025), dirigida por el director español Alberto Sciamma y filmada en el actual territorio de Bolivia.

La misma narra el viaje de Santa, una niña indígena que atraviesa parte del altiplano andino para cumplir una promesa realizada a su madre antes de morir. En ese recorrido aparecen elementos vinculados a la espiritualidad andina y personajes considerados "fantásticos". Presentada como una fábula atravesada por el realismo mágico, la historia combina paisajes imponentes, una fuerte carga simbólica y una búsqueda espiritual que se desarrolla en el desierto andino. Antes de la proyección, el director envió un video en el que explicaba que la historia ya existía de manera somera en su cabeza y, al conocer acerca del territorio andino, sintió que ese era el lugar adecuado para filmarla. Fue precisamente esa afirmación la que profundizó mis inquietudes que ya venía cargando. Si la historia surgió como una fábula universal, ¿por qué situarla precisamente en un territorio indígena andino? ¿Por qué recurrir al cóndor, a las montañas sagradas, al agua y a otros elementos que poseen significados profundos para nuestras cosmovisiones y no respetar esas concepciones en la historia que se cuenta? ¿Por qué elegir símbolos pertenecientes a pueblos históricamente atravesados por procesos de colonización y despojo, y no otros imaginarios más cercanos al contexto cultural del propio director?

Estas preguntas se sumaron a una reflexión que vengo realizando desde hace tiempo: ¿cómo opera el extractivismo en las formas de hacer cine? Estamos acostumbrados a pensar el extractivismo únicamente en términos económicos o territoriales. Sin embargo, también existen formas de extracción simbólica: imágenes, paisajes, saberes, espiritualidades, cuerpos, culturas. Se toman elementos de determinados pueblos para construir relatos destinados a otros públicos, muchas veces sin reflexionar sobre las relaciones de poder que hacen posible esa apropiación.

Quizás, quienes no viven experiencias cotidianas de discriminación o exclusión no comprendan inmediatamente esta crítica. Pero para quienes pertenecemos a pueblos históricamente subalternizados, las representaciones nunca son inocentes. Durante siglos hemos sido retratadas desde miradas que nos ubican en la base del pensamiento evolucionista: como pueblos atrasados, exóticos, salvajes, irracionales o míticos, y en el polo opuesto de lo que se concibe como civilización. Mientras observaba algunas de las escenas de la película, mi incomodidad con esa percepción que hace siglos ha recaído sobre nosotras fue aumentando. Sólo por mencionar algunas, la niña protagonista aparece asociada a escenas de violencia hacia su propio padre y madre, expresando su deseo de abandonar el lugar donde vive, su territorio; se produce una proximidad física entre ella y figuras adultas de autoridad, como un sacerdote y un policía, que resultan al menos inquietantes para mí, en reiteradas ocasiones se traga un pez vivo, conduce una camioneta, muerde la mano de un oficial hasta provocarle un sangrado.

Si bien, dentro de la ficción pueden ser interpretadas de diversas maneras, cuando se las sitúa en el contexto histórico de representación de los pueblos indígenas, dejan de ser completamente inocentes. ¿Qué imaginarios reactivan y qué efectos producen cuando vuelven a inscribirse sobre cuerpos, territorios y culturas que históricamente han sido objeto de racialización, estigmatización y exotización? Durante siglos las narrativas coloniales han construido a los pueblos indígenas como sujetos incapaces de gobernarse a sí mismos, cercanos a la violencia, a la irracionalidad o al atraso. Por eso, cuando una película decide apoyarse en símbolos, cuerpos y territorios indígenas, también dialoga inevitablemente con esa historia de representaciones.

No es casual que directores provenientes de centros con mayor acumulación de capital económico, cultural y simbólico tengan la posibilidad de desplazarse hacia territorios considerados periféricos para convertirlos en escenarios de sus relatos. Estas relaciones ocurren en un mundo atravesado por profundas asimetrías de poder, donde no todas las voces cuentan con las mismas posibilidades de narrarse a sí mismas. El cine no necesita ridiculizar para convertirse en extractivista. Pero si prioriza la belleza del paisaje por encima de las experiencias, de luchas concretas y situadas de quienes habitan esos lugares, si convierte territorios en escenarios y si transforma símbolos sagrados en recursos narrativos, no encuentro otro calificativo.

Por supuesto que ningún director o directora está obligado a incorporar de manera explícita los conflictos contemporáneos de los territorios donde filma. El problema aparece cuando se utilizan espacios atravesados por historias de colonización, despojo y resistencia sin preguntarse por las consecuencias de esa representación, porque las imágenes también producen sentido e imaginarios sobre los lugares que ocupamos.

En este marco, me resulta difícil no preguntarme por qué nuestras comunidades son elegidas como fuente de inspiración estética, espiritual o narrativa, pero tan pocas veces como sujetas de contar historias propias.



Autora: Luciana Quispe - Voluntaria del equipo de Derechos de los Pueblos Indígenas


puede que te interese
Relacionadas