Carta a las adolescencias que siguen defendiendo lo colectivo

Vengan, pensemos juntas, juntos, juntes.

Hay algo que viene presionando, incomodando y que no terminamos de profundizar. Si, hablar de ustedes, en sus contextos, en sus peleas, sobre las situaciones de violencias que atraviesan y en las respuestas que se generan sobre esto. Lo que inquieta es en sí, la velocidad con la que se construyeron sentidos sobre ustedes que proponen argumentar respuestas simples a problemas no pensados. En pocos días aparecieron explicaciones cerradas. Diagnósticos rápidos, atajos. Discursos sobre “adolescentes violentos”, “pérdida de valores”, “falta de límites”. Y mientras todo eso sucedía, casi nadie parecía preguntarse qué está diciendo esta época a través de ustedes. Donde la interpretación adulta se suma a la larga lista de esas acciones que no permiten escuchar lo que tienen para decir. 

A nuestro parecer, hay una insistencia social en ubicar a las adolescencias en lugares muy específicos, en categorías y representaciones que permiten asociar a la adolescencia desde las etiquetas: “Los adolescentes peligrosos” “Los adolescentes descontrolados”, “Los adolescentes que amenazan”, “Los adolescentes que no registran consecuencias”. Esas categorías son producidas, son intencionales, los medios de comunicación las repiten. La política las utiliza y los discursos punitivos las necesitan para justificar las respuestas. Y entonces vale preguntarnos algo más todavía,

¿Por qué una sociedad necesita construir estas representaciones sobre las adolescencias?

Tal vez porque eso permite correr la mirada de otros lugares. Porque si el problema son “los chicos”, entonces ya no hace falta hablar de la precarización de la vida, del pluriempleo, de la fragmentación social, del agotamiento adulto, del deterioro de los vínculos, del vaciamiento de políticas públicas, del desfinanciamiento en salud mental (que dicho sea de paso, los últimos datos que arrojó la UCA 2026 fue que, el 18,1% de los chicos de 5 a 17 años mostraron síntomas de tristeza o ansiedad, cifra que crece al 21,2% en la adolescencia) o de la imposibilidad de imaginar un futuro. Y de nuevo, como un absurdo, las adolescencias se convierten en el foco de las respuestas en un contexto que fue armado y cedido por adultos. 

Amenaza. Viralización. Escándalo. Policía. Decreto. Castigo. Todo sucede rápido. Tan rápido que casi no hay tiempo para pensar. Y cuando no hay tiempo para pensar, lo que aparece es la reacción. No la comprensión.

La presencia policial dentro de las escuelas, circulando, mirando, revisando mochilas es un retroceso político, pedagógico y simbólico. Porque transforma el conflicto educativo en un problema de seguridad y porque instala la sospecha como forma de vínculo. Porque convierte espacios que deberían alojar preguntas en espacios atravesados por el control, el miedo y la necesidad de vigilar. Y esto sorprende, no tanto por las políticas, sorprende porque la función primordial de las escuelas tiene que ver con la posibilidad de emancipación de los y las estudiantes.

Es clave que cada institución logre recuperar su especificidad y responda desde sus propias herramientas, estableciendo un límite claro entre lo pedagógico, lo jurídico y lo familiar, especialmente ante un contexto donde el discurso legal y la amenaza de la denuncia están saturando la labor educativa. 

Pero algo explota, algo que aparece sin elaboración previa, algo difícil de poner en palabras y ahí comenzamos a mirar para todos lados tratando de encontrar “culpables” sin la posibilidad de frenar. 

El lugar docente es el lugar que primero escucha. Y si, por supuesto, también es una conmoción vivir experiencias de violencias en donde no hay respuestas lineales ni individuales para abordar. También es necesario que los y las docentes traten de alejarse de esa postura de “todo lo puedo”. 

La autora María de los Ángeles Fanaro, 2024, nos hace pensar y pregunta: Qué respuestas surgirán si en vez de preguntar por cómo los afectos y las emociones intervienen en la educación, nos preguntáramos ¿cómo podemos desde la educación incidir en las emociones, los afectos y los vínculos que tienen lugar en la escuela y que van más allá del espacio escolar? ¿O acaso en un sentido amplio la educación no busca el desarrollo y la mejora de las cualidades, capacidades y experiencias humanas para compartirlas con otros? 

Resulta fundamental volver a situar los tipos de problemas y sus formas de respuesta para evitar la "trampa" de la individualización de problemas que son colectivos, apoyando a discursos como los estudiantes "empresarios de sí mismos" responsable de su propia adaptación. Frente a esta lógica de autocontrol y mercantilización, es necesario reivindicar la ESI y la pedagogía del cuidado como un marco de Derechos Humanos. La escuela debería seguir siendo un lugar donde todavía sea posible equivocarse sin quedar marcado por la violencia.

Y quizás ahí haya una pregunta importante para hacerse colectivamente,¿qué pasa cuando una sociedad pierde espacios para hablar? Hay adultos que dejaron de escuchar. Instituciones desbordadas. Docentes agotados. Familias sobreviviendo como pueden. Estados que aparecen más rápido para sancionar que para acompañar. Y medidas que proponen más incertidumbres que certezas. 

En ese contexto, las redes sociales ocupan un lugar enorme, generando, muchas veces, el único espacio de pertenencia posible. Ahí circula reconocimiento, comunidad, afecto y construcción de identidad. Allí hay una exposición permanente y una lógica donde todo necesita impacto inmediato. Darlo todo en las redes, seguir los trends, dar, entregar lo mejor de vos en las redes, dar, entregar, lo que vivís y experimentar como lo mostrable, como lo “likeable”. ¿Cómo, entonces, damos y entregamos a nuestros vínculos, a nuestras instituciones, si la entrega se quedó en redes sociales? 

Tal vez lo urgente no sea tener respuestas rápidas

Pocas veces se habla de lo que crean, sostienen, inventan o imaginan. Pocas veces se habla de la potencia que existe en ustedes. En cambio, rápidamente aparecen discursos que buscan fijar identidades. Cuando alguien crece bajo miradas que lo nombran constantemente desde el peligro, empieza a hacerse difícil construir otra imagen de sí mismo y de la grupalidad.

Hay una presión permanente por resolver todo inmediatamente. Como si comprender fuera perder tiempo. Pero quizás algunas cosas necesitan justamente lo contrario, detenerse. También escuchar más profundamente. Sostener preguntas incómodas. Resistir la necesidad de encontrar culpables rápidos. Tal vez lo urgente hoy no sea endurecer respuestas, sino reconstruir la posibilidad del lazo social. Volver a pensar cómo se cuida colectivamente. Volver a preguntarse ¿Qué es lo colectivo? ¿Cómo se habita una escuela?. ¿Cómo se escucha un malestar antes de que explote?, ¿Cómo se construyen formas de autoridad que no estén basadas únicamente en el miedo?. Y quizás también reconocer algo difícil para el mundo adulto, que muchas veces ustedes están expresando conflictos que la sociedad entera todavía no sabe cómo nombrar.

Aquí en Tucumán, al parecer, son ustedes quienes mejor están construyendo esas respuestas. Defienden la educación pública, defienden su institución, se cuestionan sobre las formas de autoridad, se esfuerzan porque sus espacios tengan sentido de transformación, se ocupan de sus amistades y hacen, en contra de la violencia, un festival.  

P.D.: Dejemos de hablar de ustedes, sin ustedes, conversemos. Porque ninguna historia puede contarse del todo si quienes la viven quedan afuera. 

Autoras:

  • Fernanda Marchese, Co-directora ejecutiva de ANDHES
  • Luciana Yepez, Directora institucional (Oficina Tucumán)
  • Julieta Santillán, Coordinadora niñez y Adolescencia (Oficina Tucumán)

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