Para seguir pensando #8

Una sección pensada para compartir materiales que nos ayuden a mirar el mundo con lentes críticos, sensibles y comprometidos con los derechos humanos. Documentales, informes, libros, podcasts o películas que dialogan con lo que vivimos en nuestros territorios. En esta edición, Antonella Cardozo Cásares, asistente de la línea de comunicación de ANDHES, nos invita a leer una reflexión sobre el sentido de hacer cine latinoamericano.

El mundo parece venirse abajo: guerras, invasiones ilegítimas, barrabasadas en los discursos públicos, punitivismo, incendios, temporales. Y acá estoy yo, detrás de un teclado intentando pensar con vos, del otro lado de esta pantalla, en la importancia del cine local.

Hace un tiempo que circula por redes un recorte de una charla de Lucrecia Martel donde nos pide que inventemos el cine. Reflexiona sobre las historias que nos contó la ciencia ficción del siglo pasado y hace un paralelismo con muchas de ellas que hoy se hicieron realidad: “Robots de aspecto humano que ponen en peligro los trabajos y la existencia de lo humano, vigilancia 24/7 de los ciudadanos, imposibilidad de distinguir realidad de invención digital”. Y, si bien acá podemos pensar en el vaso medio vacío, considero que finalmente logra darnos la esperanza de que el cine inventa al mundo. 

Para poner un poco en contexto, cuando nos enseñan a hacer cine una de las primeras cosas que aprendés es a armar la carpeta de proyecto para vender tu película. Ahí, entre otra información, tenés que desarrollar una propuesta estética: lograr que quien lea el proyecto pueda entender cómo se va a ver y escuchar tu película. En esa propuesta estética, lxs realizadorxs usamos referencias de otras películas para dar mayor claridad sobre la línea estética a la que aspiramos y qué buscamos transmitir con esas decisiones.

La charla completa de Martel redobla la apuesta y suma una reflexión que me llamó aún más la atención: nos pide que dejemos de mirar como referencia un cine hecho por otrxs y que empecemos a mirar nuestro barrio para pensar los escenarios, a nuestros cercanos para construir los personajes y la luz que entra por nuestra ventana para imaginar la fotografía. No se trata solo de dejar de referenciarnos con un cine hecho en otro tiempo, sino también en otros contextos socioculturales.

Esa es la bandera que abrazamos los realizadores locales cuando pensamos en nuestro cine. Claro que es fuente de trabajo, ingreso de divisas y toda la mirada mercantilista y necesaria para el desarrollo de la industria, pero también y sobretodo lo más valioso de nuestro cine es que nos muestra como somos. Pero no como somos según la mirada de otrxs, sino como somos según nosotrxs mismxs. Esto puede verse claramente en muchas de las películas más pochocleras del cine norteamericano: cuando incluyen personajes latinoamericanos suelen ocupar el rol de narcotraficantes; si se trata de una guerra, los rusos o los chinos son los malos y ellos, por supuesto, los buenos que salvan al mundo. Estos discursos han permeado tan fuerte en la sociedad que hoy podemos escuchar con total liviandad a personas sostener que Estados Unidos invade países para salvarlos.

Esto que pasa a nivel mundial también lo podemos percibir a nivel local. ¿No les pasa que cuando ven una película hecha por porteños y aparece un personaje tucumano, cordobés o entrerriano, nos damos cuenta enseguida de que es un porteño intentando hablar como nosotros? O tal vez que, si vemos a un actor o actriz tucumanx, surgen comentarios como “qué mal que hablamos”. Cómo si hubiera una forma correcta de hablar nuestro idioma, nuestro lenguaje. Ésta forma, que no es la misma que la de todxs lxs argentinxs, es lo que configura nuestra identidad. Hay algo re lindo que pasa en los barrios acá y son las familias que salen a tomar mate en la vereda por las tardes. Qué tal si tuviéramos que contar un policial detectivesco en los barrios del (mal llamado) interior del país, no podríamos jamás decir que ningún vecino vió nada, sería inverosímil porque seguramente la Marta y el Roberto estaban a esa hora tomando mate en la vereda, serían ellxs nuestros testigos principales; o si pensamos en una comedia romántica, lxs tórtolos tendrían que esconderse de la Marta y el Roberto porque obvio que si los ven ya va a saber todo el barrio, entonces sus aventuras son encontrarse disimuladamente en el almacén, en la verdulería y en la carnicería para compartir tiempo juntxs.

Estas acciones, estas formas de hablar y de habitar, no pueden pensarse desde afuera, solo pueden surgir de alguien que las tiene incorporadas en su propia cotidianeidad. De eso se trata hacer cine en nuestra región y en nuestra provincia: de contar nuestras propias historias y que no seamos un estereotipo cinematográfico. Se trata de existir, porque bien sabemos que lo que no se nombra no existe. 

Martel nos pide, insistentemente, que inventemos el cine, que no hagamos lo que ya está hecho. ¿Qué pasa entonces si nos permitimos salir, aunque sea un rato, del individualismo al que nos empujan la tecnología y las redes sociales, y miramos las historias que pasan a nuestro alrededor? Historias que no siempre se tratan de salvarse solx, sino de los lazos que se tejen desde hace siglos en nuestra sangre y en nuestra historia: alguien que corre el colectivo y otra persona desde adentro que lo ve y le pide al chofer que espere; el cajero del súper que te avisa las ofertas para que ahorres en tu compra; la verdulera que te cobra medio kilo de tomate, pero después te regala un par más.

¿Por qué no contarnos historias que nos unan? ¿Qué tal si le hacemos caso a Martel y nos inventamos este mundo que ya habitamos? Pero distinto. Nuestro.

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