Aunque en Jujuy se identificaron al menos 22 lugares que funcionaron durante la última dictadura cívico militar como ex centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, no contamos con ningún sitio de memoria abierto y activo. La infraestructura sobre la que se materializó el circuito represivo genocida permanece oculta y silenciada, como si allí no se hubieran cometido los crímenes más graves contra la humanidad. Sin señalización, resguardo o una política pública que se atreva a nombrarlos. Esta ausencia no es casual, forma parte de lo que vamos a llamar las políticas de la (des)memoria: un entramado de decisiones, omisiones y violencias simbólicas que combinan silencios, olvidos y negaciones del Estado en una provincia donde la empresa Ledesma S.A.A.I. sigue conservando un poder capaz de garantizar su impunidad.
