Una lectura crítica desde el ambiente y los derechos humanos
La firma del Acuerdo de Asociación Estratégica entre el Mercosur y la Unión Europea ha sido presentada como un hito histórico de integración comercial y una oportunidad para insertar a la región en las cadenas globales de valor bajo estándares de sostenibilidad. Sin embargo, una lectura desde el derecho ambiental y los derechos humanos obliga a correr el foco del entusiasmo diplomático y a interrogar críticamente qué tipo de desarrollo se promueve, quiénes se benefician y quiénes asumen los costos ambientales y sociales de esta nueva etapa de apertura.
El acuerdo no es un instrumento neutral. Reconfigura reglas productivas, regulatorias y de gobernanza que impactan de manera directa y desigual en los territorios. Por ello, analizarlo exclusivamente en términos de comercio exterior o crecimiento del PBI implica invisibilizar conflictos estructurales que atraviesan a nuestras economías regionales y, especialmente, a provincias como Tucumán, donde el modelo productivo se apoya históricamente en la explotación intensiva de bienes naturales y fuerza de trabajo precarizada, o Jujuy y Salta donde actualmente la minería se presenta como la actividad económica principal para el ingreso de divisas.
La sostenibilidad como promesa y como campo de disputa
Uno de los elementos más destacados del acuerdo es la incorporación explícita de compromisos ambientales: referencia al Acuerdo de París, cláusulas de no regresión normativa y disposiciones sobre comercio y desarrollo sostenible. Desde una lectura jurídica estricta, estos elementos podrían interpretarse como un avance relevante frente a acuerdos comerciales tradicionales que ignoraban por completo la dimensión ambiental.
Sin embargo, resulta imprescindible preguntarse si estos compromisos operan como verdaderas garantías ambientales o si funcionan, en la práctica, como dispositivos de legitimación de un esquema de liberalización comercial que reproduce asimetrías históricas. La sostenibilidad aparece así como un concepto en disputa: puede ser una herramienta para elevar estándares y proteger bienes comunes, o puede seguir siendo utilizada como una forma de disciplinamiento económico y territorial.
El riesgo no es menor. La experiencia regional demuestra que, en contextos de desigualdad estructural, los estándares ambientales elevados suelen trasladar los costos de adaptación al Sur Global, sin mecanismos eficaces de financiamiento, transferencia tecnológica o fortalecimiento institucional; y los costos suelen terminar siendo pagados por los eslabones más bajos en la cadena, los y las trabajadores y los territorios donde se desarrollan las actividades productivas. En ese escenario, la “sostenibilidad” deja de ser un principio transformador y se convierte en una barrera indirecta que excluye a pequeños productores y refuerza la concentración económica.
Es importante subrayar que la dimensión ambiental no ingresa al Mercosur de la mano de la Unión Europea. El bloque cuenta con un marco jurídico ambiental previo: el Tratado de Asunción, el Acuerdo Marco sobre Medio Ambiente de 2001 y diversos protocolos de cooperación regional. Estos instrumentos reconocen que la integración económica debe ser compatible con la protección del ambiente y el uso sostenible de los recursos naturales.
No obstante, el problema histórico del Mercosur no ha sido la ausencia de normas, sino su débil implementación. La cooperación ambiental regional ha quedado, en muchos casos, subordinada a las urgencias comerciales y a la lógica de la competitividad. El acuerdo con la UE corre el riesgo de profundizar esta contradicción si los compromisos ambientales se mantienen en un plano declarativo mientras se aceleran los procesos de liberalización productiva. Como sucede históricamente las brechas de implementación siguen profundizandose.
Tucumán: territorio de impacto, no abstracción estadística
Cuando el análisis se territorializa, las tensiones del acuerdo se vuelven más evidentes. Tucumán no es un actor abstracto del comercio internacional: es una provincia atravesada por profundas desigualdades sociales, conflictos ambientales persistentes y economías regionales altamente dependientes de bienes naturales.
El complejo citrícola, emblema de la provincia, ilustra con claridad esta ambivalencia. La eliminación de aranceles y la mejora en el acceso al mercado europeo representan una oportunidad económica concreta. Sin embargo, ese acceso está condicionado por exigencias estrictas en materia fitosanitaria, uso de agroquímicos, gestión del agua y trazabilidad ambiental. Sin políticas públicas activas, estas exigencias pueden operar como un filtro que favorezca a grandes empresas exportadoras y deje fuera a pequeños productores y trabajadores rurales.
El sector sucroalcoholero, motor económico y social del interior tucumano, enfrenta desafíos aún más complejos. Las cuotas para etanol y derivados abren un espacio comercial, pero también intensifican la presión sobre sistemas productivos que ya generan impactos severos sobre el suelo, el agua y la calidad del aire. La quema de cañaverales, la contaminación atmosférica y la degradación hídrica no son externalidades menores: son violaciones sistemáticas a derechos fundamentales que no pueden ser ignoradas en nombre de la competitividad.
La soja, aunque menos central en la matriz provincial, sintetiza el modelo extractivo dominante: monocultivo, dependencia de insumos químicos y expansión territorial. El acuerdo puede reforzar esta lógica si no se establecen límites ambientales claros y mecanismos de control efectivos.
¿Y el federalismo ambiental?
Un aspecto clave, muchas veces ausente del debate público, es el federalismo ambiental. Mientras el Estado nacional asume compromisos internacionales, la implementación concreta recae sobre las provincias, que conservan el dominio originario de los recursos naturales. En la práctica, esto significa que los impactos ambientales de la integración comercial se territorializan, mientras que los beneficios económicos se concentran.
En provincias como Tucumán, con capacidades institucionales limitadas y altos niveles de conflictividad socioambiental, este esquema puede derivar en una transferencia silenciosa de costos ambientales. Cumplir con estándares internacionales sin financiamiento, sin fortalecimiento de los organismos de control y sin participación social real no es sostenibilidad: es ajuste ambiental encubierto.
Sin participación no hay democracia ambiental
Frente a este escenario, la gobernanza ambiental se vuelve un eje central. El Acuerdo de Escazú ofrece herramientas fundamentales para evitar que la implementación del acuerdo Mercosur–UE se realice de manera opaca y excluyente. El acceso a la información ambiental, la participación pública y el acceso a la justicia no son concesiones, sino derechos humanos reconocidos internacionalmente.
En contextos de alta conflictividad, como los que atraviesan los complejos productivos tucumanos, estos derechos permiten disputar el sentido del desarrollo. Sin participación efectiva de las comunidades, la sostenibilidad se vacía de contenido y se transforma en una etiqueta funcional a intereses económicos concentrados.El Acuerdo Mercosur–Unión Europea coloca a Tucumán y al resto de las provincias de la región frente a una disyuntiva política, no meramente técnica. Puede ser una herramienta para impulsar una transición productiva justa, con empleo digno, protección ambiental y fortalecimiento institucional. O puede consolidar un modelo que profundice la extracción de bienes naturales, la precarización laboral y la externalización de daños ambientales.
La diferencia entre ambos escenarios no está escrita en el texto del acuerdo. Depende de decisiones políticas concretas, de la capacidad del Estado para regular, y de la fuerza de una sociedad civil organizada que exija que el comercio no avance a costa de los derechos humanos.
Desde la militancia ambientalista y de derechos humanos, el desafío es claro: disputar la implementación del acuerdo, exigir coherencia entre discurso y práctica, y evitar que la sostenibilidad se convierta en una nueva coartada para el saqueo. Porque sin justicia ambiental no hay desarrollo posible, y sin democracia no hay integración que pueda sostenerse en el tiempo.
Abogado por la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UNT. Docente investigador. Estudiante de la especialización en “Derecho Ambiental y Tutela del Patrimonio Cultural” en la Universidad Nacional del Litoral. Voluntario del equipo de Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales (DESCA) en ANDHES.
Ver Artículos