El derecho a tener un refugio, ¿de qué manera sostenemos el abrazo en lugares que desaparecen?

Pangea Bar Cooperativa me enseñó que la libertad también puede tener la forma de un refugio. En el marco del 28 de junio, Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+,su cierre no puede leerse solo como la desaparición de un bar, sino como la pérdida de un espacio de encuentro, de producción cultural y de cuidado comunitario para las disidencias sexuales en Tucumán.

Desde la memoria de un primer beso hasta la potencia política del movimiento ballroom en la provincia , esta nota reflexiona sobre lo que se pierde cuando el ajuste arrasa con esos refugios que sostienen la vida.

Cada 28 de junio el orgullo vuelve a ocupar  las calles,  redes sociales y discursos institucionales. Pero en Tucumán, pensar el orgullo hoy también implica hablar de las pérdidas. Mientras las banderas multicolores aparecen en campañas y vidrieras, los espacios reales de encuentro y resistencia del colectivo LGBTIQ+ están desapareciendo. Uno de esos espacios fue Pangea, un bar cooperativa ubicado en Laprida 289 en pleno centro de San Miguel de Tucumán,  que durante más de veinte años se convirtió en un punto de encuentro para la cultura independiente, las organizaciones sociales y el colectivo LGBTIQ+ de Tucumán. El 1° de mayo de 2026, en el Día Internacional de las y los Trabajadores, cerró sus puertas.

Hoy decido escribir esto en primera persona y posicionarme desde la memoria de un beso.Una vez, hace ya unos quince años, un muchacho me agarró la mano, después la cara y, finalmente, el miedo. Y nos besamos. Y no pasó nada.

Que para algunas personas puede sonar insignificante, pero para un marica tucumano de aquellos años era casi un milagro doméstico. Ninguna mirada asesina. Ningún comentario escupido entre dientes. Ningún gesto de expulsión. Sólo dos chicos compartiendo una noche.

Kiki Ball 420 bar pangea, autor Charlie Albarracín

Yo, que hasta entonces había aprendido a medir mis movimientos, a esconder ciertos gestos y a guardar ciertos deseos dentro de cuatro paredes, entendí que a veces la libertad llega así: como un beso que nadie interrumpe.

Por eso, cuando cerró Pangea, pensé en todas las vidas que, como la mía, se habían besado ahí adentro y se habían sentido seguras. Pensé en las personas que nunca entraron con comodidad en ninguna foto familiar. Pensé en ese Pangea que tantas veces fue refugio porque la ciudad era demasiado hostil para nosotres.

El cierre de Pangea no es solamente el cierre comercial de un bar. Es el síntoma de una época.

Su cierre ocurre en medio de una crisis económica brutal, profundizada por las políticas del gobierno de Javier Milei. Y con él se pierde mucho más que un local gastronómico.

Kiki Ball 420 bar pangea, Autor Charlie Albarracín

Me duele especialmente que este cierre ocurre justo cuando el movimiento ballroom tucumano comienza a crecer con fuerza y Pangea era uno de los lugares donde esa escena podía apoyarse para existir.Porque Ballroom no es solamente baile, moda o espectáculo. Es una práctica política nacida de las comunidades negras, latinas y queer como respuesta a la exclusión, la pobreza y la violencia. Allí donde la sociedad dijo "no", una comunidad respondió inventando un universo entero. 

La pista ballroom también enseña a sobrevivir. En categorías como Realness el cuerpo disidente deja de esconderse y se vuelve potencia. En la runway  se desfila la feminidad exagerada que la sociedad castiga, se celebra la pluma que en la calle se reprime y se inventan nuevas maneras de existir cuando el mundo insiste en disciplinar los cuerpos.

En Tucumán, la escena ballroom construyó algo profundamente valioso: una familia elegida para muches jóvenes expulsades de otros espacios que, en teoría, debían abrazarles. Aquí las houses se vuelven familias elegidas. Las pibas trans, los maricas, las identidades no binarias y todas las criaturas del desacato encuentran un lugar donde el mundo deja, aunque sea por unas horas, de pedir explicaciones.

Hace unos meses vi una kiki y me quedé pensando en esa maravilla política que ocurre cada vez que todas esas personas se reúnen. Porque el ballroom no nació para entretener a nadie.

Por eso el cierre de Pangea no puede leerse solamente desde la lógica comercial. Cuando desaparece un espacio así, desaparecen años de construcción comunitaria. En tiempos donde el discurso oficial vuelve a instalar la idea del individualismo extremo y del "sálvese quien pueda", experiencias cooperativas y horizontales como Pangea representan exactamente lo contrario: la construcción colectiva, el cuidado mutuo y la resistencia comunitaria.

El orgullo, entonces, no puede reducirse a una celebración vacía ni a una estética de consumo. En Tucumán, este 28 de junio también debería ser una oportunidad para preguntarnos qué pasa cuando los espacios disidentes ya no pueden sostenerse económicamente. Qué sucede cuando la cultura queer queda librada a la lógica del mercado. Y quiénes sobreviven cuando el ajuste golpea, como casi siempre, primero a los márgenes.

Porque las disidencias siempre supieron resistir. Lo hicieron en la clandestinidad, en las plazas, en los baños públicos, en las fiestas under y en las pistas ballroom.Pero resistir no debería significar acostumbrarse a perderlo todo.

Y entonces me pregunté algo:¿Quién cuenta las pérdidas de nuestra comunidad?

Porque los economistas cuentan números. Los gobiernos cuentan votos. Los mercados cuentan ganancias. Pero nadie parece contar que, detrás del cierre de un espacio colectivo, también hay personas y familias que se quedan sin trabajo. Nadie parece contar cuántos abrazos desaparecen,  cuántos encuentros que ya no sucederán,cuánto vale sentirse a salvo.Y sin embargo ahí está la verdadera cuenta.

Porque mientras nos venden la fantasía del individualismo, el ballroom insiste en otra cosa. Insiste en el nosotrxs. Insiste en la comunidad.Insiste en el cuidado. Insiste en que nadie se salva solo.

Quizás por eso me pareció tan hermoso que una de las últimas imágenes que me llevo de Pangea haya sido una Kiki Practica. No una despedida silenciosa. No una ceremonia triste. Una Kiki. Como si las disidencias hubieran decidido responderle a la pérdida con exactamente aquello que mejor saben hacer: encontrarse. Como si Pangea hubiera querido despedirse haciendo aquello que hizo durante veinte años: sostener una comunidad.

Por eso, en este junio de orgullo LGBTIQ+, quiero celebrar a quienes siguen apostando por la ternura cuando todo alrededor parece empujar hacia la crueldad.Celebremos toda esa hermosa insistencia de seguir existiendo.

Kiki Ball Halloween Bar Pangea, autor Charlie Albarracin

Voluntario en el Área de Género de la ANDHES y militante por los derechos de la comunidad LGBTI+. Es artista visual, fotógrafo, curador y gestor cultural. Se desempeña como docente universitario en la Facultad de Artes de la UNT, donde coordina espacios de práctica fotográfica. Es investigador en artes, con especial interés en las perspectivas de género y la decolonialidad, y docente de posgrado.

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